UN TEXTO DE OSCAR BIDABEHERE PARA RECORDAR A RICARDO VAZQUEZ, A UN AÑO DE SU FALLECIMIENTO

Ricardo Vàzquez en la presentación de Recuerdos del Presente

No llegué a tiempo. Vacilé. Las vías oxidadas, los durmientes, los cantos rodados, todo. Todo conspiró.

Excusas. La vieja locomotora resopló una vez más. Entonces desperté. ¿Dónde estaba? Sobresaltado, recobré la lucidez. Desde hacía unos días, recurrentemente, me perseguía el mismo sueño.

La distancia, es un océano insalvable. Ricardo me llamaba, la voz en un hilo, apenas audible, alcanzaba a decir algo inteligible. Y cuando acudía, era tarde. Siempre. Siempre. Afiebrado, casi en trance, me puse a escribir.

Bidabehere-Vazquez01Nos vimos por última vez en agosto pasado. En los actos por la memoria de Andrés Armendáriz. Ya hacía meses que no sabía nada de él. Verano porteño, con su carga de humedad y temperaturas agobiadoras, caminaba entonces como todos los días por el ovalo verde del Parque Centenario. Y cuando la fatiga comenzaba a minar mis fuerzas, hacía un alto en los puestos de libros que bordean la calle empedrada. Revolvía. Buscaba sin norte.

Bidabehere-Vazquez00No podía sustraerme de esa adicción. Los libros. La única. Y tropecé con esa tapa. “El Tren pasa primero” de Elena Poniatowska, la mexicana ganadora del premio Cervantes. Como reza la solapa, narra la historia de “un hombre nacido en un pequeño pueblo del sur del país, que un día ve pasar un tren frente a sus ojos… Al sentir el vaivén de la locomotora, el protagonista logra entender su indomable ansia de saber y llegar más allá de sus límites…”. No dudé. Era él. Su historia. Lo compré pensando en Ricardo, es más, le envié un mensaje por Facebook. Pero nunca lo leería.

Mi respuesta a aquel llamado, que intuía en sueños, fue tardía. Osvaldo, mi hermano, ese faro solidario que habita en Puerto Deseado, y muchos se empeñan en ignorar, me avisó de su internación. Y la angustia que lo perseguía, la voz, el último reducto de su lucha contra el dolor, amenazaba apagarse. El cuerpo era una cárcel insoportable. Mas esa enfermedad fue anzuelo del conocimiento. Convivían el dolor y los consuelos. ¿Cómo mitigar tantos padecimientos? El saber fue un acicate. Se embarcó en la febril tarea de documentarse, y bucear en la historia lugareña. Carpetas y carpetas, como me decía, con recortes y testimonios sobre el devenir de Puerto Deseado. Y en todo momento, ese humor narrativo donde las inflexiones de la voz tenían un papel cardinal. Inimitable.

La risa, siempre la risa, para cambiar, para curar. Una comicidad no exenta de ironía, que orada, cuestiona, interpela, y como dice Nietzsche resulta la piedra angular de toda filosofía, todo está sujeto a revisión, no hay verdades inmutables, nada es para siempre. Bien decía Marx “todo lo solido se disuelve en el aire”. Así era Ricardo Vásquez, el imitador de Ariel Delgado aquel locutor de Radio Colonia, o como decía Dora en estos días, el que entonaba “La Balsa” en la expedición al Lago Argentino, para goce de la platea. El alma mater de la Asociación Ferroviaria 20 de setiembre. La última trinchera que resiste a la tierra arrasada. Ante la ignominia de los que remataron la esperanza de un pueblo. Y un dedo, tan solo un dedo, para comandar la silla de ruedas que lo llevaba esas cuadras que separan su casa de la Estación de piedra. Y Amazonia, la perra, su fiel custodia. Celador infatigable de la memoria, de los viejos ferroviarios. Hoy, un viernes sin él. Esos rituales gastronómicos que soldaron una unidad férrea.

No pasarán las topadoras. Y justo ahora, cuando el sol vuelve a salir, deja la cancha, como quien da las hurras esperando el partido homenaje. Marzo se lo llevó. Habrá un plato vacío. Y un volver a juramentarse, todos para uno, uno para todos. La lucha continua. Hay cosas para hacer. Ricardo los observa. En noviembre del 2012, en ocasión de la inauguración de las instalaciones de la Fundación Conociendo nuestra Casa, grabamos un par de extensas entrevistas, una afición que comencé a cultivar por esos días. La inaugure con él. Y me felicito. Ahí estuvo como un soldado, con su ángel cuidadora, Mabel, siempre solícita, poniendo en su boca el cigarro, y así dar un par de pitadas, mientras el humo dibuja arabescos que se pierden en el muelle de Ramón. Su testimonio, en primera persona, perdurará para la posteridad. Va hilvanando la historia del Barrio ferroviario, sus personajes, las familias, el Ferro, las huestes peronistas y sus avatares. Actores de reparto, Sendes, Ruiz, Ayuso, Abbas, Mansilla, y sigue la lista. Su padre, una figura emblemática. La doctora Rostagno. Travesuras de niños. Y nuestras risas poniéndole música. Liberadora.

Hay un flash en mi memoria, hablar afloja los recuerdos, un día de mayo del ´62. Mundial de Futbol en Chile. Jugaban Argentina y Bulgaria. Mi primer mundial para escuchar y vibrar. Y ese día estaba en una casa del barrio ferroviario, sobre la calle Onetto. La casa de Ricardo. El almanaque decía: 30 de mayo. Era su cumpleaños. Y una radio a válvulas, inmensa, en un cuarto del fondo, y nosotros acodados gritando el gol que daría el triunfo a nuestra selección. Reímos con el recuerdo.

Bidabehere-VazquezHay una foto. Con Carlitos, mi otro hermano. El escenario, un combate de box. ¿En el Hotel Argentino?, ¿en el Deseado Júnior? Trabajo para los investigadores. Dilucidar tiempo y lugar. Está Gargiulo otra figura ligada a ese deporte. Como decía Ricardo, fiel seguidor de la tarea documentalista de Carlos Santos, escudriñar fotos para adivinar los personajes. Se ufanaba que por el canto de una uña había identificado a mi padre en una de ellas. Ese tándem adolescente está posicionado, en el ring side, como relatores frente a las cuerdas. Ese cuadrilátero tan unido simbólicamente a su resistencia a la adversidad. La vida es también ese cuadrado imaginario, y cuando toca la campana no podemos escapar. No siempre se puede ganar, muchas veces nos ha tocado besar la lona.A Ricardo, como a los contendientes, le sacaron el banquito, y lo dej
aron solo frente a ese monstruo que terminó consumiendo su vida. Y peleó, lanzó golpes al aire, esquivó cuanto mandoble que tuviera pretensión de nocaut. Solo el cansancio pudo con él. Y en el último round. Por puntos. Solo así. Pero nadie olvidará ese combate.

Hay un silencio como de deshielo. ¿Y de amores cómo andamos? ¿Por quién habrá suspirado? Palomas en el aire dibujan un corazón herido. Como dice el proverbio chino hay muertes que tienen el peso de una montaña, y otras las de una pluma. La de Ricardo es una montaña rocosa, como alguna de las que pululan en la geografía deseadense. Y a no dudarlo, por siempre perdurará. Alguna lagrima anónima bañara su superficie, y rodará para perderse en la ría en donde todas las tardes su mirada descansaba melancólicamente.

OSCAR ARMANDO BIDABEHERE