MARINEROS CHINOS VARADOS EN PUERTO MADRYN/ NOTA DEL DIARIO LA NACION

La odisea de los marineros chinos varados desde hace más de seis meses en Puerto Madryn

En abril pasado, les retuvieron el buque por pescar dentro del territorio argentino; zarparon 31 tripulantes, ya regresaron 15, uno murió en el país, y el resto, olvidado, deambula por la ciudad

 
LA NACION
El primer oficial Ling Zhong Liang, el vocero de los tripulantes Cao Zuo Jun, y el capitán Ding Bin son tres de los marineros todavía varados en Puerto Madryn. Foto: LA NACION / Maximiliano Amena
El primer oficial Ling Zhong Liang, el vocero de los tripulantes Cao Zuo Jun, y el capitán Ding Bin son tres de los marineros todavía varados en Puerto Madryn. Foto: LA NACION / Maximiliano Amena
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Las circunstancias para Ding Bin, de 37 años, no son las mismas que en noviembre del año pasado cuando el barco Hu SHun Yu 809 partió con 31 tripulantes a bordo del puerto de Zhongshan: a principios de abril fueron capturados por Prefectura mientras pescaban dentro de la Zona Económica Exclusiva Argentina (ZEEA), y el buque quedó retenido en el muelle con más de 600 toneladas de calamar pudriéndose en su bodega.PUERTO MADRYN.- No hace falta saber chino mandarín para comprender la angustia de Ding Bin: lo expresa su cara, sus gestos. Arriba del buque pesquero, amarrado desde hace más de seis meses en el muelle Luis Piedra Buena de esta ciudad, ya prácticamente no le hacen caso. "Perdí la capacidad de mando", son las palabras del capitán que traduce la intérprete.

Durante 170 días también se sintieron presos: por más que tuvieran la calidad de tripulantes, y ninguna orden judicial ni migratoria en su contra, no se les permitió ir más allá de la zona primaria aduanera, un playón de acceso restringido a mil metros de la costa. Desde hace sólo dos semanas se mueven libremente por la ciudad, pero aún no pudieron regresar a su país.

El incumplimiento de la empresa armadora y múltiples trabas legales y burocráticas tiene a 15 de sus tripulantes -uno murió en el país por una hepatitis tóxica- todavía varados en el puerto patagónico.

En un país desconocido, con otras costumbres y un idioma incomprensible, a Tradición Criolla, un tenedor libre en la rambla, lo abrazaron como su refugio en tierra: un pedazo de China acá. El dueño, oriundo de Shanghai, es su enlace. Ahora, tres de ellos están ahí, en una de las mesas del fondo del restaurante. Campera tipo béisbol, remera, jeans y zapatillas, Ding Bin comparte la misma preocupación que sus tripulantes: desde China, sus familiares les dicen que la empresa armadora, la GangTai Ocean-going Fishing Co., no les está depositando el sueldo a sus familias.

Enfrente de él, Ling Zhong Liang, de 51 años, lo escucha con atención y apenas habla. Luego de que 15 de sus compañeros fueron repatriados en agosto por intermedio del consulado chino, él se convirtió en primer oficial. En el otro extremo de la mesa, las manos sobre las rodillas y la mirada al suelo, Cao Zuo Jun, marinero de 62, se define como el vocero de la tripulación. Tuvo que ser ingresado un par de veces al hospital por crisis nerviosas.

Al relatar el itinerario que tenían por delante, Ding Bin vuelve al 18 de noviembre del año pasado, día en que zarparon en el pesquero desde el puerto de Zhoushan, una ciudad costera al oeste de China y parte de la provincia de Zhejiang, una de las cinco más desarrolladas de ese país. Les aguardaban dos años embarcados sin pisar tierra. El itinerario: bajar hacia el este, bordear Singapur, atravesar el Océano Índico hasta Sudáfrica, y luego surcar el Atlántico rumbo a la zona de Malvinas para encontrarse con su presa, el calamar. Ahí comenzarían con los especímenes más chicos, siguiéndolos hacia el norte hasta la altura de Mar del Plata. Y eso sería recién la mitad del viaje, la otra implicaba bajar nuevamente hasta Tierra del Fuego, cruzar al Pacífico por el Estrecho de Magallanes y navegar hasta las costas de Perú en busca de los calamares gigantes. Un año en la Argentina, un año en Perú. Luego, retomarían la misma ruta hacia China con la bodega repleta.

A la deriva

Fue una tormenta a fines de marzo la que torció los planes. La pala del timón se desprendió, cayó sobre la hélice y destruyó parte de la propulsión y la gobernabilidad del buque. Ding Bin no recuerda cuánto tiempo estuvieron a la deriva: tal vez una semana, tal vez 10 días. El capitán se comunicó con su empresa, estaban en problemas. Sin embargo, la empresa ni él hicieron los avisos pertinentes a las autoridades argentinas tal como lo establece el protocolo internacional. El viento, dicen, los introdujo en el Mar Argentino.

El 7 de abril pasado, alrededor de las 20, mientras realizaban tareas de patrullaje a la altura de Bahía de Camarones, personal del guardacostas Derbes de la Prefectura Naval Argentina detectó en el radar a una embarcación con las luces de pesca encendidas. Faenaba dentro de la ZEEA. Al acercársele, el pesquero apagó las luces. No sólo lo capturaron, también lo abordaron. Se trataba del Hu Shun Yu 809, con 68,40 metros de eslora, 11,20 de manga y 5,20 de puntal. Arriba del buque ninguno de los 31 tripulantes manejaba otro idioma que no fuera el chino. Y algunos marineros ni siquiera hablaban el mandarín ni el cantonés, sólo dialectos. Llevaban más de 600 toneladas de calamar que le fueron decomisadas.

Por su avería, el buque fue remolcado por el Derbes hasta el muelle Luis Piedra Buena de Puerto Madryn donde tomó amarras el 10 de abril, y quedó involucrado en un sumario administrativo por presunta infracción al régimen federal de pesca. El barco ahora enfrentaba no sólo la multa, también los gastos del remolque y del servicio de muelle, vigente hasta estos días. Eso, sin contar los gastos de reparación. Victor Reyes, socio de Port Service, la agencia marítima que representó al pesquero hasta hace dos semanas, calcula que el valor del barco (unos 350.000 dólares) no cubre ni la mitad de esos gastos, que nunca fueron abonados por la empresa armadora.

De la compañía, dice, sólo aparecieron dos personas que estuvieron apenas un tiempo en Puerto Madryn y desaparecieron de un día para el otro: "A través del consulado, el gobierno chino le habría exigido a la empresa armadora que se haga cargo de los gastos bajo la amenaza de ejecutarles fondos", dice Reyes.

La Dirección Nacional de Migraciones dio ingreso al buque y a sus integrantes en calidad de tripulantes, y según un comunicado emitido la semana pasada ante la consulta de LA NACION, ellos nunca contaron con "ninguna orden judicial ni migratoria que les restrinja su libertad ambulatoria". Sin embargo, durante 170 días no se les permitió ir más allá del playón de la zona primaria aduanera. Recién comenzaron a hacerlo cuando la Defensoría Pública de Puerto Madryn, actuando de oficio, les notificó que estaban autorizados a bajar a tierra y circular por la ciudad.

LA NACION quiso hablar con las autoridades de Prefectura de Puerto Madryn pero no tuvo respuesta. Extraoficialmente, fuentes de Prefectura dijeron que ellos no tienen la facultad para tomar esa decisión, por lo que tuvo que surgir de otra autoridad.

Suena como un trueno, pero es el canto de dos ballenas francas que se mueven cerca del pesquero chino. "Este es el buque fantasma", le dice una mujer a su pareja en el muelle, mientras lo observan. Se lo ve herrumbroso, desgastado. Reyes lo confirma: para ser de 1991, el buque está muy mal cuidado. Un marinero sale a cubierta. Mira a tierra. Le lanza algo a un petrel que enseguida levanta vuelo. A su alrededor el piso de la cubierta ni se llega a ver: es todo cuerdas, poleas y mástiles.

Ahí adentro tenía su camarote Xia Linzha, muy cerca de la máquina de frío. Por una avería del barco, inhaló tanto amoníaco que se intoxicó. Una ambulancia de la administración portuaria lo llevó hasta el hospital de Puerto Madryn. Ingresó al hospital descompensado, muy grave. "A eso hay que sumarle una enfermedad previa: una falla hepática por una hepatitis B crónica, que derivó en un coma hepático", cuenta Mónica Villalba, directora del hospital subzonal Andrés Isola.

A Xia Linzha lo fueron a visitar esporádicamente. Estuvo semiaislado. A la semana, murió en terapia intensiva, a los 55 años. Los demás tripulantes aún lamentan que se enteraron de la muerte varios días después. Nadie les había avisado.

El motín

En esos días, por intermedio del consulado chino, 15 tripulantes pudieron volver a su país, cumpliendo con el requisito de dejar a bordo la dotación mínima. Los pasajes, dice Reyes, los pagó la empresa. La decisión de quién se iría y quién no generó un motín. El incidente no pasó a mayores. Los que se quedaron se resignaron a esperar.

Dormir y comer dos veces al día, a las 10 y a las 16. Esa es la agenda arriba del barco. No hay mucho más para hacer, dice Ding Bin. Mientras están en el océano tienen una rutina de trabajo duro que requiere mucha dedicación y concentración. No es un barco preparado para pasar el tiempo. Es casi todo bodega, y los camarotes son muy pequeños. "Al estar en el muelle y no poder caminar por la tierra nos sentíamos presos", dice.

El contacto con tierra fue progresivo. Recién el 20 de julio pudieron descender del buque y salir al exterior de la Zona Primaria Aduanera. Un mes después, llegó el siguiente paso, salidas de tres horas a la ciudad para comprar víveres y efectos personales.

 

El sábado 3 pasado, a las 9.30, la defensora pública María Rosa Corradini y el trabajador social de esa dependencia Juan Pablo Minor llegaron en una camioneta de la Prefectura al playón de la zona aduanera. A través de una intérprete tomaron contacto con los tripulantes. Descendieron todos. El diálogo fue respetuoso y sereno. Se les comunicó que no existían obstáculos legales para desembarcar y que podían trasladarse sin restricciones fuera del muelle. Eso sí, respetando la condición de que siempre permaneciera una dotación mínima de seis tripulantes en el barco.

Apenas comprendieron el mensaje, los tripulantes agradecieron. "Se desnudó su situación de angustia e incertidumbre. Son jefes de hogar, de familias muy pobres. Los marineros, en general, son un grupo social muy vulnerable. Y las grandes pesqueras se aprovechan", dice Minor.

Acompañado de un prefecto, Minor subió al barco: pasillos angostos, escasa luminosidad, olor nauseabundo, basura acumulada. El grosor de los colchones de las literas tenían apenas unos centímetros, y muchos habían sido reemplazados por frazadas. Lo que más le chocó fue la falta de higiene: en la cocina, una bolsa plástica con calamar para consumo propio se descongelaba en el suelo, y al lado de la cocina eléctrica con las ollas repletas de arroz, se acumulaba basura. Su conclusión fue rápida: la organización coherente y jerárquica del barco se había perdido, y el desánimo había ganado la pelea. "Las condiciones de vida dentro de la embarcación son inhumanas", dice Minor.

Recuerda que al bajar del barco un marinero, uno de los más viejos del grupo, le hablaba en chino y le hacía gestos desesperados. Era un mensaje en idioma universal. Él lo entendió así: No quiero morirme en el buque. Por favor, quiero reencontrarme con mis hijos, con mi familia.

La situación de desgaste y estrés derivó en distintos incidentes. Uno de los marineros agarró un fierro y empezó a destrozar el barco. En otra ocasión quiso prenderlo fuego. Tuvieron que frenarlo entre varios.

De yuanes a pesos

Casi no tienen dinero. Sólo algunos conservan ahorros y aprovechan para comprar comida o elementos de uso personal. La mayor inversión son las tarjetas telefónicas. Calculan que ya habrán gastado cerca de 20.000 pesos.

Quien les cambia los yuanes a pesos es Guillermo Yang, el empresario gastronómico dueño de Tradición Criolla, y uno de los pocos ciudadanos de origen chino que viven acá. También es Yang quien se mantiene en contacto diario con el consulado de su país y quien recibe las partidas semanales de 3000 pesos para comprar comida y llevarla al buque. Yang acaba de hacer su última entrega, calcula que la número 20. Cargó el baúl y el asiento trasero del auto con dos cajas de pollos, huevos, 30 kilos de papas, brócoli, cebollas, frutas, ajo, jengibre y un cordero. "Están muy tristes. Son gente muy pobre", dice.

Su esposa Liliana agarró una caja y se puso a revisar el ropero de Yang: metió camisas, pantalones, y hasta un saco azul que él usaba cuando debía lucir elegante. Sin preguntarle demasiado, también puso en la caja una colección de 200 DVD´s de películas y miniseries chinas que Yang había coleccionado durante 20 años. Ahora, adentro del barco, al menos tenían un pasatiempo.

Cuatro marineros veinteañeros pasan por el puesto de Prefectura para registrar su salida, y cruzan el portón azul de la zona primaria aduanera. Bajan a la playa. Juntan caracoles, y caminan por la arena. Al rato encaran hacia la ciudad. Su paseo no lleva a ningún lado. Entran a un bazar. Recorren las góndolas atiborradas de productos chinos y salen. El dueño del local dice que ya los vio antes ahí: no saludan, tampoco compran. Sólo dan una vuelta. Esas recorridas suelen terminar en lo de Yang. Le tocan la puerta y le preguntan si se pueden bañar. "Es lo único que me piden -dice Yang-. Lo que más disfrutan es algo tan básico como darse un baño."

Los baños del buque, precisa Minor, fueron clausurados por contar con un sistema inadecuado para el muelle y la Administración Portuaria instaló cinco baños químicos en el playón. La limpieza personal dentro del barco se reduce a pasarse toallas húmedas.

En una semana llegará el primer crucero de la temporada. Y suelen amarrar en el espacio que ocupa hoy el pesquero. El director operativo de la Administración Portuaria de Madryn, David De Bunder, dice que aún no hay fecha para mover el barco, pero su destino es el muelle Almirante Storni, más alejado del centro de la ciudad. Ya está la autorización, sólo esperan la reparación de una lancha de remolque.

"La exigencia de Prefectura es que el buque no quede abandonado, con los riesgos que eso conlleva -dice Corradini-. Una posibilidad es que se contrate gente de acá para que se mantenga la dotación mínima." El vicecónsul chino le aseguró a ella que en una semana o diez días llegará un equipo de trabajo para organizar la repatriación. La documentación de los tripulantes está lista. De los pasajes aún no se sabe nada. LA NACION consultó al consulado chino pero no tuvo respuesta.

En Tradición Criolla, Yang prepara té rojo. Las hierbas provienen de las montañas chinas, recolectadas a 4000 metros de altura. Con paciencia, sobre un cajón de bambú, sirve la infusión en unos vasitos transparentes con la figura pintada de Hua Tuo, un famoso médico chino del año 145 al que se le atribuyó la capacidad de curar casi cualquier dolencia. "Hua Tuo trae suerte", dice Yang.

Ding Bin toma el té, y confirma que la idea es contratar una empresa argentina para que se haga cargo del barco. "En una semana, diez días, el intendente de nuestra ciudad va a mandar gente para hacerse cargo del cuerpo de Xia Linzha y a llevarnos de regreso", dice.

Para ellos el destino del calamar es una incógnita: no saben que Senasa ya ordenó su destrucción. Una carga que valió unos 10 millones de pesos que, confirma De Bunder, ahora terminará dentro de un pozo.

Más allá de esas disquisiciones, el mayor deseo de Din Bing y su tripulación es claro: reencontrarse con su familia. Están esperanzados de que suceda pronto. Tal vez Hua Tuo les traiga suerte.

DIARIO LA NACION